La otra piel

Extracto de esta novela de Marcela Sánchez Mota, donde habla del último encuentro de su héroe Mirella con Gusto Gräser:

Al llegar a la pensión, el encargado me recibió con la noticia de que Eugenio me había buscado con insistencia desde la noche anterior. Los labios del hombre temblaban. Sabía algo que no se atrevía a decir. Lo miré preocupada, inquisidora. Simuló buscar algo en su mesa. Era obvio que no deseaba hablar. Tomo un papel doblado y lo extendió hacia mi: tenga, han traído esto para usted. Leí en silencio el recado: urge que venga, Gusto está grave, se encuentra en San Gottardo, cerca de Fiesso. Miré al hombre quien, sin verme, dijo: solo llegan carretas hasta allá. Conozco a un montañes que la puede llevar. Espere en su cuarto, yo le aviso.

Al escuchar los ruidos metálicos afuera, supe que era el montañes. Salí a la calle lo más rápido que pude. El hombre era pelirrojo, el gesto adusto, barba abundante y una greña enredada que le caía sobre el cuello. Tenía unos ojos pequeños e inexpresivos, la tez curtida por la nieve y el sol. Iba vestido con pieles y calzado con botas anchas y gruesas. El caballo pateaba el piso, esperando las órdenes de su dueño. La carreta estaba decorada con dibujos floridos y pieles de borrego. Un perro flaco meneaba la cola mientras husmeaba a mi alrededor. Con un gesto cálido, el montañes me señalo el asiento y me indicó con señas que me sentara en el centro. En automático, me echó encima una pesada piel para cubrirme hasta el cuello y la amarró por la parte de atrás. Cada movimiento suyo era preciso. En silencio, subió al frente de la carreta y el perro hizo lo mismo detrás de el. Un sonido gutural fue la orden de partir y sacudió las riendas del caballo. Salimos del pueblo con dirección al bosque. Llegamos a la orilla de un rio de aguas tan transparentes que podíamos ver las piedras del fondo. Seguimos su curso hacia arriba. La carreta trepó por la montana con dificultades y el hombre fustigo al caballo para que subiera el pedregoso camino. Aunque era verano, conforme subíamos el viento era más y más helado y comenzaba a entumecernos el rostro. Entonces comprendí el porque de las pieles y la pesada indumentaria del hombre. El frio jamas abandona esas latitudes. Subimos durante un largo rato. Pasamos junto a unas pequeñas casas de madera y otras de piedra que parecían talladas en las rocas de la montana. Entre más subíamos, más escaseaban las viviendas, sobre todo las de piedra. La nieve cubría ya el suelo por completo. Por fin llegamos a un paraje en donde un conjunto de árboles alcanzaba a proteger una puerta de madera incrustada en la pendiente de la montana. Vimos a una pareja de lobos que rondaban nerviosos. Los animales dieron unos cuantos aullidos lastimeros como si hubieran reconocido al montañes. El hombre me ayudo a bajar de la carreta y me cubrió con un abrigo de borrego. Apenas entendí sus senas pero supuse que intentaba decirme que me esperaría. Al acercarme, pude ver que la puerta de madera era muy gruesa y estaba semienterrada en la nieve, sostenida por una pared de piedra negra hecha de lajas y de ladrillos muy anchos. La empujé con dificultad. Entré a un espacio iluminado al fondo por unas linternas de petróleo que parpadeaban.

Allí estaba Gusto tendido. La ropa que lo cubría parecía sostener apenas sus enormes huesos. La cama, hecha de leños rústicos, estaba recargada sobre las pared del fondo y cubierta con pieles de animales. Al verme gimió y se movió intranquilo. De su boca salieron algunos sonidos roncos. El asombro se apoderó de mi cuando vi que alargaba su mano para aferrarla a la mía. tenía la piel pegada a la osamenta, las unas largas y sucias. Me jaló con fuerza para acercarme aún más a la orilla de la cama, muy cerca de el. Abrió su camisa y colocó mi mano abierta sobre su vientre y la sostuvo con fuerza. Al sentir su cuerpo caliente y sus vellos ásperos recordé la noche impetuosa que pasamos juntos en la pensión. Reconocí su olor.

Gusto me miró a los ojos. En ellos vi tristeza, amor, compasión. ....


La otra piel: una novela enferma de melancolía

Publicado en abril 5, 2018 por mamborock0 Comentario

L. Carlos Sánchez

Es un río interior. La recurrente mirada hacia el corazón y lo que allí habita. Es la ausencia un cuchillo que perfora el alma. Son los latidos que cuestionan: ¿de dónde vengo, quién soy?

La otra piel (La cifra editorial, 2014) obra ganadora del Premio Juan Rulfo a Primera novela en 2010, es la escultura en palabras. Es también la construcción de una propuesta literaria a partir de la investigación de los temas que obsesionan.

Desde este río interior, desde la entraña de la narradora, se vuelcan las preguntas y actuar, viajar, es un impulso, el deseo de tocar la identidad.

La noticia es una frase que modifica el comportamiento del personaje que es la narradora: Mirella. “Tu madre es Sophie Lenz”, vivió en Ascona, le diría su padre en el lecho de muerte, a escaso segundos de expirar.

A partir de esa confesión el viaje es inevitable, la melancolía como un tren constante, hurgar es la consigna, escarbar los nombres para encontrar, encontrarse.

Monte Veritá y una cabaña como caja de pandora. Ascona que es Suiza. El dadaísmo y sus personajes, entrañabilísimos todos.

Indudable es que Marcela Sánchez Mota, la autora de esta novela enferma de melancolía, conoce a perfección la historia, los dolores, los deseos y obsesiones de Mirella. Indudable es que conoce el oficio de narrar. Y lo hace con responsabilidad, asomándose con entereza y entrega a los diversos temas que aquí habitan.

Apenas abrir el libro y un perro nos aprieta el corazón con su mirada. Ya no estará el motor de sus días, la voz ya no vendrá para indicarle los caminos:

Afuera el perro da fuertes ladridos. Parece llamar a alguien que sabe de antemano no vendrá. Sólo por momentos el golpe de las gotas de lluvia en la ventana mitigan el escándalo. No sé por qué, pero hoy lo dejé entrar a la casa. Vino directo hasta tu cuarto y al no encontrarte se fue deprisa. Olfatea cada una de las habitaciones con la esperanza de toparse con tus palmadas en el lomo. Al final regresa conmigo. Mueve la cola, apenas, con resignación. Sé que en unas horas más estará echado a los pies de tu cama, igual que cuando todavía estabas con nosotros, y lamerá el piso con obsesión como si eso lo consolara un poco. Antes de que comenzara la tarde, la fatiga me obligó a sentarme en el viejo sillón frente a tu cama. Acciones tan simples después de las tormentas y no dejo de pensar en lo que me ha traído hasta aquí. Estoy en este espacio que fue tan tuyo. Recargo la cabeza sobre el respaldo mientras mi vista se posa insistente en la huella que dejó el peso de tu cuerpo sobre el colchón de la cama. Sí, me he encontrado contigo de nuevo, sólo que de otra manera y pido que me escuches aunque parezca un desatino, un absurdo. Siempre pensé que después de la muerte habría terminado todo. Son muchos los que dirán que he perdido la razón.”

Desde el inicio de la obra el talento de la autora nos advierte de facto que no permitirá ni un parpadeo, el lector permanecerá seducido por el ritmo violento, poético, contumaz, certero como un marrón en plena frente.

Agradecer puede ser una reacción cuando la mirada va escalando la propuesta como una montaña en Veritá. Quitarse el sombrero, quizá, por el encuentro de los personajes. Los personajes, aquí hago una pausa para un suspiro.

Y pregunto: ¿cómo haces Marcela para construir tanta ternura en cada uno de ellos, como te sumerges en este vagón de emociones sin que el pantano te consuma?

Hoy es veintidós de abril. Las casualidades no existen. ¿O sí? Hoy es veintidós de abril y mi padre, ayer que fue veintiuno, acabaló diecisiete años de muerto. ¿Cuántos años hace que murió el padre de Mirella? ¿Cuánto años hace que murió tu padre, Marcela?

No me lo digas ahora. Pero insisto, hoy es veintidós de abril, abre La otra piel y lee por favor esa historia escrita un veintidós de abril en Monte Veritá:

22 de abril, 11 de la mañana. Estás ahí, flotando, con tu cuerpo intacto, sí, como flotando en el aire, atrapado en esa roca de cristal. Hace una hora apenas me topé contigo. Fue fácil bajarte hasta acá. Nunca imaginé que estarías por encima de esta cueva, casi arriba de mi cabeza. En estos lugares de nieve uno pierde la noción de las distancias y del tiempo. Tantos años han pasado. Estás dentro de un enorme trozo de hielo, atrapada, y no me queda más que esperar. Un ataúd temporal, eso es lo que veo, un ataúd preservando tu belleza, Lohr, querida Lohr.

22 de abril, 1 de la tarde. El sonido del goteo adquirió velocidad durante el día, después en la noche casi se detuvo. Esta mañana el descongelamiento tuvo un ritmo vertiginoso. Tengo miedo de tu olor, pero me mantengo despierto para percibirlo. ¿Será a carroña? ¿Será ese tu olor? Un olor posible que me persigue en esta cueva. No quiero saber que estás muerta. Me mantengo en vigilia, el sueño ha desaparecido, el tiempo se alarga. Tú, tan cerca, vuelves a existir.”

Ante este fragmento de la novela, ¿cómo no ser presa feliz y febril ante la literatura propuesta por Marcela? ¿Cómo evitar el deseo de decir todo lo que se piensa, cómo soslayar que esta novela que presentamos ahora tiene los elementos vitales que toda obra de arte requiere para ser obra? Aquí, en estas páginas, habitan también el compromiso, la crítica, el conocimiento de causa, la exploración de las capacidades humanas, la locura que es una constante, una revelación que encandila.

La otra piel es un caleidoscopio de los temas que nos estrujan el pensamiento, la libertad a partir de la pasión, un texto sin complacencias. Una señal obscena al sistema político que oprime y mutila, idéntico mutiló al hermano Ramón, en ese octubre de 1968:

De nuevo, el llanto me ganaba. Imaginaba la mano ensangrentada de Ramón, veía sus falanges tiradas, abandonadas entre la suciedad y la basura de un callejón como si fueran un desperdicio cualquiera. Mientras, Ramón murmuraba en mi oído: es sólo un desmayo Mirella, ella está bien, verás cómo se recupera pronto, y al tiempo daba unas suaves palmadas en la mejilla de Elena. De nuevo observaba la mano mutilada. Entonces quise saber: ¿cómo fue, Ramón? Lo miré a él, enseguida a la mano: dime, ¿qué pasó? Frunciendo la boca contestó: no querrás saberlo, es mejor así, que no lo sepas. Le respondí que no, que prefería no imaginar atrocidades, tenía miedo de que los pensamientos me rebasaran. Enseguida imaginé los palazos sobre su piel, los derrames en su cuerpo, las patadas en la cara, las huellas de las pesadas botas, el tabique roto, los cachazos. No, era mejor conocer cada detalle, enfrentarme a los fantasmas.”


La comuna fantástica de Ascona

La otra piel, Marcela Sánchez Mota, La Cifra Editorial, México, 2015.

Por Eduardo Cerdán

Soplaban los vientos de la preguerra en Europa. Era 1900 y se comenzaba a gestar una comuna anarquista en Ascona, ciudad de la Suiza italiana ubicada entre los Alpes, a orillas del Lago Maggiore. Por su ambiente favorable, aquella ciudad se convirtió en el sitio ideal para establecer una burbuja utópica: Monte Verità. Ida Hoffman y Henri Oedenkoven, aterrados por los extremos del capitalismo y el socialismo, confiaban plenamente en que el Lebensreform (‘la reforma de vida’), sería la solución para todo. Aseguraban que la vuelta hacia el origen, el contacto con la naturaleza y la comunión del espíritu con el cuerpo explotarían el potencial físico e intelectual que la sociedad nos obliga a reprimir. Así se originó Monte Verità, comuna que se volvió un mélange de gente algo chiflada: anarquistas, psiquiatras, escritores, bailarines, naturistas y teósofos que andaban desnudos, se curaban con el sol y se metían quién sabe cuántas sustancias. Figuras importantes como Jung y Herman Hesse visitaron el lugar, por cierto.

Traigo esto a cuento para hablar de una novela que recrea aquel universo fantástico. Me refiero a La otra piel, de Marcela Sánchez Mota, que obtuvo el Premio Juan Rulfo a Primera Novela otorgado por el INBA, fue tallereada en la Escuela de Escritores de Mario Bellatin y también fue leída y comentada nada menos que por Daniel Sada. La Cifra Editorial publicó el libro hace ya dos años y en 2015 sacó a la luz su segunda edición. El motor de la novela es la búsqueda de la memoria personal de Mirella, la protagonista, cuyo padre le confiesa antes de morir: “Tu madre es Sophie Lenz, vivió en Ascona.” A partir de entonces, Mirella, una historiadora del arte interesada en el dadaísmo, se embarca en un viaje a la semilla. Su vida se sacude de pronto no sólo por la muerte del padre: también por el desequilibrio sobre su identidad. Se pregunta entonces quién fue Conchita, la mujer que la crió como madre, y cómo demonios llegó a México si nació en la Suiza italiana.

Mediante un flujo de conciencia que todo el tiempo le habla en segunda persona al padre que ya sabemos muerto, nos embarcamos en una reconstrucción del pasado: del origen de Mirella y de lo que fue Monte Verità, donde vivió su madre biológica, según se entera la protagonista por unos documentos que su padre mantuvo ocultos durante mucho tiempo y que incluso intentó destruir. No quiero arruinar la trama de la novela, que es de veras plausible, así que me abocaré a señalar algunos elementos que me parecen destacables.

En la prosa pulidísima de Sánchez Mota aparecen ecos de obras literarias que son, a todas luces, el germen de algunos pasajes de La otra piel. Llega, por ejemplo, el eco de Sebald, quien en Austerlitz incluye una nota de periódico sobre un sujeto que se mantuvo congelado durante años. En un pasaje muy disfrutable, Sánchez Mota hace una narración en donde también aparece una mujer que ha permanecido congelada. Y la autora, como Sebald, también incluye fotografías que acompañan la narración y que, si bien pueden omitirse sin que ello afecte la lectura de la novela, resultan iluminadoras para recrear el universo extraño de Monte Verità.

Antes de ir a Ascona, en su intento por recuperar su pasado, Mirella viaja al norte de México, de donde es originario su padre, para interrogar a sus tías solteronas, agonistas que recuerdan a las de La casa de Bernarda Alba. El asunto del misterio y el viaje, por otra parte, me parece un déjà vu de las historias de Perec. Asimismo, la descripción de los paisajes de Saltillo nos remiten un poco a la siniestra Luvina de Rulfo, con quien, por cierto, Sánchez Mota tiene mucha afinidad si consideramos que Pedro Páramo utiliza el arquetipo de la búsqueda del padre y La otra piel hace lo mismo, pero con la figura materna.

Algo que también reclama nuestra atención es el uso de elementos fantásticos en La otra piel. La narradora cuenta, verbigracia, una escena de cuando era niña que involucra a una mujer parecida a una bruja de las clásicas, como las que aparecen en los cuentos de hadas. Luego, cuando la protagonista ya se encuentra en Suiza y visita Monte Verità, revive, literalmente, tiempos pasados y ve, como si de una película se tratara, a Sophie, a Otto —quien podría ser su padre biológico–, a un grupo de mujeres que se contonean en un baile sensual que se torna siniestro y monstruoso, a un hombre masturbándose en uno de los baños de la comuna, a un tigre blanco...

Lo que me parece notable de La otra piel son, en especial, dos cosas. La primera es que abreve en tradiciones novelísticas extranjeras, de corrientes ajenas como el surrealismo, y que logre combinarlas con el contexto mexicano. Marcela Sánchez Mota describe con gran acierto tanto los paisajes de los Alpes suizos como los horrores vividos en 1968, en donde al hermano de la protagonista le mutilaron un dedo.

La segunda virtud que encuentro yo en La otra piel es la presencia de nuestro folclor, trabajado de manera muy afortunada. El padre de Mirella, que por supuesto tuvo contacto con los anarquistas de Monte Verità, no se volvió afín a estas ideas sólo porque sí. Sánchez Mota nos explica que la abuela de Mirella murió porque, en lugar de acudir a un médico, fue a buscar a un personaje apodado El Niño Fidencio, un supuesto brujo o chamán o quién sabe qué, que tenía fama de curar enfermos con magia, algo típico del folclor mexicano. El padre, desde entonces, se vuelve fóbico a las supersticiones y se apega al racionalismo.

De lo anterior extraigo otro punto: Marcela Sánchez Mota no deja cabos sueltos. La novela es un universo autótrofo en donde todo se resuelve, todo tiene una justificación y los personajes cuentan con una psicología muy bien desarrollada. La otra piel es, como versa la contraportada, “a un tiempo histórica e intimista”, lo cual no es nada fácil. Unir las piezas de la historia de Monte Verità y al mismo tiempo reconstruir el pasado personal del personaje principal implica un enorme riesgo creativo, del cual Marcela Sánchez Mota sale muy bien librada. La otra piel es el feliz debut de una novelista atípica en el panorama contemporáneo mexicano, una muestra de auténtico rigor literario•